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ROCAS PARA UN MUNDO NUEVO 

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ARTBO 2026

Bogotá, Colombia

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12 gabinetes de acrilico hielo y rocas de cerámica esmaltada.

165 x 55 x 5 cm cada gabinete

2026

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¿Qué hace que una roca sea una roca?

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La piedra que extraemos de una montaña, el ladrillo cocido, una botella de vidrio, una viga de acero o un fragmento de plástico pertenecen, en apariencia, a mundos distintos. Sin embargo, todos participan de una misma historia material. El barro, la arena, los óxidos metálicos, el petróleo o el carbón no dejan de ser transformaciones de la materia terrestre; incluso aquello que llamamos artificial continúa siendo naturaleza reorganizada por la acción humana. Quizá la diferencia entre lo natural y lo artificial no resida en la materia, sino en la manera en que decidimos nombrarla.

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Durante siglos imaginamos la geología como el estudio de un mundo anterior a nuestra existencia. Las rocas eran testigos silenciosos de un tiempo profundo, ajeno a la historia de la cultura. Hoy esa separación resulta cada vez más difícil de sostener. El cemento modifica montañas, los polímeros ingresan a los océanos, las aleaciones metálicas permanecen durante milenios y los residuos tecnológicos comienzan a incorporarse al registro estratigráfico del planeta. La Tierra ya no conserva únicamente la memoria de procesos naturales; también acumula las huellas materiales de nuestra civilización.

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Estas obras imaginan una geología para ese nuevo paisaje. No representan minerales existentes ni buscan reconstruir una naturaleza perdida. Construyen especímenes posibles, objetos que habitan una zona de incertidumbre donde la roca, el prototipo industrial, el juguete, el fósil y la muestra de laboratorio dejan de ser categorías excluyentes. Sus superficies brillantes y sus colores saturados no describen el mundo; ponen en evidencia que toda imagen de la naturaleza es también una construcción cultural. Del mismo modo que un mapa geológico traduce el territorio mediante convenciones gráficas, estas piezas proponen una geología cuyos códigos pertenecen al diseño industrial, al laboratorio, al museo y al mercado.

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El gabinete ocupa un lugar central en esta investigación. Más que un contenedor, funciona como un dispositivo que organiza la mirada y transforma los objetos en conocimiento. Clasificar, aislar, iluminar y nombrar son operaciones que producen verdad. El museo, el laboratorio y el escaparate comercial comparten esa capacidad: convierten la materia en evidencia, el objeto en valor y la colección en un relato sobre el mundo. Estas obras se sitúan precisamente en ese punto de fricción, donde las fronteras entre ciencia, ficción, consumo y archivo se vuelven difíciles de distinguir.

Las piezas están realizadas con barro, agua, sílice, feldespatos y óxidos minerales sometidos a altas temperaturas. Aunque su apariencia remite a objetos industriales, su materialidad permanece ligada a los mismos procesos geológicos que dieron origen a las rocas. No existe aquí una oposición entre naturaleza y artificio. Existe, más bien, el reconocimiento de que ambas categorías describen distintas formas de organización de una misma materia. Incluso las cajas de acrílico que las contienen participan de esa misma continuidad material. Solemos pensar el plástico como el emblema máximo de lo artificial, pero su origen también pertenece a la historia de la Tierra. El petróleo del que proviene es el resultado de millones de años de transformación de antiguos organismos vivos, bosques desaparecidos y mares remotos comprimidos bajo la corteza terrestre. En cierto sentido, el plástico es un fósil que aprendimos a moldear; una forma contemporánea de tiempo geológico.

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Quizá esa continuidad obligue a formular una pregunta aún más sugestiva. Si el ser humano es un animal, ¿todo aquello que produce forma parte de la naturaleza? Nadie considera artificial un panal construido por abejas, un arrecife levantado por corales o un dique construido por castores. ¿Por qué una ciudad, un carro o una botella de plástico pertenecerían a un orden completamente distinto? ¿En qué momento decidimos que la naturaleza terminaba y comenzaba el artificio? Tal vez esa frontera nunca haya existido fuera del lenguaje.

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Posiblemente el verdadero desafío ya no consista en distinguir lo natural de lo artificial, sino en aceptar que esa división ha perdido buena parte de su sentido. Si la geología fue, durante mucho tiempo, una ciencia dedicada a leer el pasado de la Tierra, hoy también puede entenderse como una disciplina capaz de anticipar su futuro. Las rocas que aún no existen. Los fósiles de nuestra propia cultura. Los estratos que algún día conservarán la memoria material del presente.

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Quizá la pregunta nunca fue cómo representar una roca, sino cómo imaginar un mundo en el que incluso aquello que llamamos artificial continúa siendo una expresión de la materia terrestre. Estas obras no proponen una geología distinta; proponen reconocer que la geología siempre ha sido también una ficción cultural: una forma de ordenar el tiempo, clasificar la materia y aprender a mirar la Tierra. Si hoy la frontera entre naturaleza y artificio resulta cada vez más difícil de sostener, entonces quizá la pregunta ya no sea dónde termina una y comienza la otra, sino una mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de responder: ¿qué hace que una roca sea una roca?

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